Domingo, 22 de Octubre de 2017.
 (Continuación)

Hermano Lobo, en un pispás, se había convertido en un éxito colosal. Fue el 13 de mayo de 1972 cuando, bajo el signo de Tauro, nuestro Lobo salió a la calle a comerse el mundo. Casi treinta años ya cuando se redactan estas líneas.

En un principio fue Triunfo. Y también Chumy Chúmez.  Todo comienza con la crisis apabullante que la revista atravesó a finales de los sesenta por una serie de infortunadas circunstancias que, de contarlas, convertirían este relato en interminable. No obstante, para conocerlas, quedan descritas al milímetro en Crónica de un éxito dificultoso (1) .

Se trataba de defender a toda costa la pervivencia de la publicación que había logrado alcanzar justo renombre por su lucha por la libertad y la cultura, de su ejemplar valor ante la persecución que sufría de aquel Poder arbitrario que había convertido a nuestro país en un mísero erial para el saber.

Pero como no hay mal que por bien no venga, aquellas infortunadas circunstancias nos situaron en la plaza del Conde del Valle de Suchil, precisamente donde Chumy insistía ante quien quisiera escucharle: «Tengo en la cabeza una nueva revista de humor; lo que se dice nueva de verdad ¿eh? No la podríais ni imaginar». Ni sospechaba que allí mismo nacería Hermano Lobo...

Había llegado el momento de vadear nuestro particular Rubicón. Y aquí tocamos al quid de la cuestión. En medio de aquellas tétricas circunstancias surgió impaciente e impetuoso, como el súbito resplandor de un relámpago inesperado, la estampa implorante del propio Chumy clamando por todas partes tras su  revista de humor («lo que se dice nueva ¿eh?»). En el fondo, a todos nos había ido convenciendo el propio Chumy cuando explicaba su propio proyecto como “un urgente relevo generacional del humor ante la evidente decadencia de La Codorniz”que, como dijo el poeta, ya había rebasado “el arrabal de senectud”. A los más jóvenes de sus discípulos –Chumy y varios de sus compañeros de chispa y sonrisa- les correspondía, pues, acometer el inesquivable “edipo”, necesario para recoger el testigo que casi no podía sostener tan venerable y superada maestra. Para prohijar y guarecer tan sugestiva idea, básica en el plan de Chumy, ¿qué mejor terreno  que el propio Triunfo, la revista que significaba modernidad y progreso?.

Convencidos de que Chumy intuía que ésta era la oportunidad que los cronistas deportivos denominan “ver el hueco del gol”, él mismo se brindó para obtener del Ministerio de Información y Turismo (léase Sánchez Bella y Fernández Sordo), lo que él mismo definía como “permiso para conducir revistas de humor”. Para asombro general, Chumy salió exultante de aquel edificio gris con el imprescindible nihil obstat, en una agradable mañana de otoño del 71. Fue un momento memorable: entre Triunfo y Chumy se había consumado felizmente un hermoso acto de humor.

Para finalizar nuestra historia, quizá sea útil para nuestros lectores conocer la anécdota que, protagonizada por el impar Chumy Chúmez, surge impaciente en el recuerdo:

Un día Juan Carlos Aramburu, Administrador de Ediciones Pléyades y uña y carne de Chumy  en todo cuanto concerniese a Hermano Lobo, apareció en la Redacción de Triunfo con rostro muy preocupado, pero con risas intermitentes mientras hablaba, diciendo que había dejado en su despacho a Chumy totalmente abatido, preso de un pánico cerval porque, en el número de Hermano Lobo cuya tirada acababa de empezar, aparecía una noticia inventada, claro, que decía así:«El Ayuntamiento de X nombra Hijo de Perra Adoptivo a Don Fulano de Tal.» Y precisamente aquella mañana, aquella maldita mañana, en primera página, todos los periódicos españoles publicaban la noticia (con gran foto) de que Carlos Arias Navarro, Presidente del Gobierno, había sido nombrado Hijo Adoptivo de Madrid. ¿Se puede pedir mayor puntería en la diana de la mala suerte? Aramburu lo había intentado tranquilizar con el argumento de que sería muy fácil demostrar que el texto que aparecía en Hermano Lobo había sido redactado obviamente días antes y, por lo tanto, nadie podía en modo alguno relacionarlo con la decisión  municipal a favor del Número Dos del Régimen. Pero Chumy tampoco admitía esta teórica buena disposición de su presunto perseguidor. Desconfiaba de que el Gran Poder desistiese de acusarle de todos los delitos y admitir que todo se debía a una fatal coincidencia de fechas. Y Aramburu concluyó su información con un comentario que también era una sugerencia: «He telefoneado a los talleres y me dicen que apenas llevan tirados unos escasos dos mil ejemplares. Les he pedido un minuto de espera... ¿qué hacemos?».

Se grabó un nuevo cilindro, la ‘temible’ noticia desapareció. Se había esfumado cualquier posibilidad de que “Carnicerito de Málaga”, sobrenombre con el que Cuco Cerecedo rebautizaría tiempo después a Arias Navarro, vengase la imaginaria afrenta.
A todos nos conmovió la tierna mirada de un Chumy agradecido...

                                                                     José Ángel Ezcurra

[1] “Triunfo en su época”, Casa de Velázquez-Ediciones Pléyades, Madrid 1995, pp. 365 a 690



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