Domingo, 17 de Diciembre de 2017.
Crónica de un extraño secuestro editorial

LA MISTERIOSA DESAPARICIÓN DE UN NÚMERO DE “HERMANO LOBO”

Tras el suceso protagonizado por el inefable asunto de “El Hijo de Perra Adoptivo”, transcurrió una buena temporada de templanza represiva durante la que la censura, aquella gente de las tijeras y el lápiz rojo, se contuvo en una especie de vigilancia benevolente. Se trataba, sin embargo, de un maquillaje circunstancial para confiar a la gente de buena fe como nosotros porque, de pronto, se dispararon todas las alarmas: los señores aquellos que mandaban tanto se liaron no ya a manufacturar expedientes a todo trapo, sino que, cogiendo la Ley de Prensa por los cuernos (Ley Fraga para los amigos), fueron sacudiendo sucesivamente a Hermano Lobo algunos trompazos del género morrocotudo que dejaron maltrecho al buen lobo.

Entiendo que, por elegancia narrativa, debo ahorrar al lector la larga y tediosa lista de todos los rifirrafes que Hermano Lobo mantuvo con la Señora Censura – una madame de armas tomar- ni la cuantía de las multas cuyo importe –so pena de incurrir en el temible Desacato- hubo que apoquinar en Papel de Pagos al Estado. De todas formas y a todos los efectos, será provechoso para nuestros lectores dejar constancia de tan infaustos sucesos por riguroso orden de aparición en escena.

Tomen nota, señores: primero, el increíble secuestro del número 153 impreso en el clásico verde de la revista, nada menos que, según la querella del fiscal, “por menosprecio a la Justicia”, a causa del chiste de Ramón que ocupaba la portada: un señor más bien menudo, de rostro ingenuo, escucha un vozarrón portentoso que, inculpándole, le grita:«¡¿Conoce sus derechos?!»; aquél, tenuemente, le responde: «sí, señor»; el vozarrón finalmente le conmina: con un apabullante «¡Pues olvídelos».

Suma y sigue: al número 178 le “colgaron” un expediente de aquí te espero por “grave infracción” del tristemente célebre artículo de la Ley ya mentada en lo que se refiere nada menos que “a la seguridad del Estado” porque entendieron que Luis Carandell, el pacífico, educado y ejemplar ciudadano Luis Carandell, había intentado transgredirlo en sus inocentes “Coplillas de Don Luis”; y, por último, un gran expediente polivalente, un auténtico Expedientísimo, urdido por aquellos crueles señores antes aludidos que arremetieron contra el contenido del que sería nonato número 183, en el que encontraban punible:

1) El artículo “La bolsa masónica”, original de Vicent. El juez de Orden Público, probablemente aquejado de un ataque de presbicia, apremiaba por escrito –con el consabido “Dios guarde a Vd. Muchos años”- al director de la revista para que identificara, bajo el apercibimiento de no se qué, al autor del artículo incriminado que se escondía tras el “sospechoso seudónimo Vicent” o al propio Chumy que, además de sus dibujos, utilizó, entre otros seudónimos, el de Genoveva de la O para escribir sus gracias literarias; 2) la reproducción de un fotográfico zoom de la parte inferior de un biquini cuyo pie, bajo el título de “Tanga”, había escrito y firmado Tío Oscar (Umbral) en su sección “Las Jais”; y, en fin, 3) toda la página titulada “75 años y un día” que, con transcripciones de la prensa de 1.900, seleccionaba Fernando Lara. Las tres imputaciones dieron lugar al secuestro del número inculpado, a la apertura del correspondiente sumario en el juzgado de Orden Público y a la incoación del Expedientísimo aludido que, por las trazas, amenazaba alcanzar graves consecuencias.

Pero, en esta ocasión, Chumy y Aramburu escarmentados y por lo tanto advertidos de los inesperados cambios del viento que regía la veleta que administraba broncas y palmetazos, habían urdido un astuto plan con el que, cuando se presentara inopinadamente una situación como ésta, al menos no costaría el dineral que supone “tragarse” toda una opulenta tirada por un imprevisto cambio de humor de la madame.

El plan consistía en que, en lugar de presentar en el depósito previo los ejemplares sellados y firmados por el representante autorizado de la editorial (léase Ediciones Pléyades S. A.) una vez realizada la tirada completa de cada número, cumplir ese requisito no con ejemplares procedentes de la tirada ya consumada, sino con ferros (apócope con el que profesionalmente se designa a las pruebas de impresión offset obtenidas “al ferroprusiato”) y correspondientes a una tirada no efectuada, sino que se produciría en cuanto el mentado depósito previo hubiera transcurrido sin objeciones administrativas al número presentado.

El secuestro como tal, pues, no se produjo, aunque la policía y los inspectores del Ministerio visitaron la Redacción, nuestros almacenes y varios puestos de venta en Madrid y en alguna otra ciudad en busca de ejemplares de ese número tan varapaleado. Naturalmente, no encontraron ni uno, sólo pudieron hallar los ferros que habían sido presentados al fastidioso trámite administrativo.

Por obvias razones, Hermano Lobo no apareció esa semana y, siete días después, salió a la venta el que ostentaba el número consecutivo, el 184, para evitar malos entendidos con ese ente, entre fantasmal y rocoso, conocido como la Administración. Y sucedió que Hermano Lobo, bien administrado en sus decisiones por el ejecutivo dúo Chumy-Aramburu, aprovechó como ropa vieja el original “inocente” publicándolo, sin desperdiciar una sola coma, en los números siguientes. La portada del nonato ocupó la del número 186.

¿Qué había ocurrido? Pues que el país se despertaba mientras que los señores que mandaban, ante la decrepitud imparable del general superlativo, como lo definió Tomás y Valiente, querían, tal como dicen que Josué hizo con el sol, un imposible: detener la Historia. Y buscaban perennemente enemigos en los que descargar ásperamente su quimérica obsesión... J.A.E.

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